Aquella noche, Dios bailó en trance sobre la Luna.
Sus mejores amigos, otros dioses que eran él mismo, le habían asegurado
que aquella era la mejor manera, de hecho, la única manera posible de que todo
funcionara. Habría de bailar sobre el satélite, invocándose a sí mismo para que
todo pudiera seguir adelante.
Andaba muy preocupado aquellos días, ya no se encontraba en ninguna
parte.
Aquella noche, los hacedores de montañas soñaron con montañas de
fotones.
En la mañana, todo había terminado.
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